lunes, 13 de febrero de 2012

ROMANCES Y CULEBRONES

Antes de continuar con  mis experiencias en la sección de Nóminas, actualizaré mi situación sentimental.

En mi camino a la oficina siempre me encuentro con un  bus del colegio de La Presentación y observo cierto revuelo entre las chicas que viajan en él. Destaca una que me parece guapísima y que siempre me obsequia con una sonrisa.

Un domingo me la encuentro en la plaza Bolívar, lugar concurrido por la juventud que va dando vueltas por la plaza para cruzar miradas con quien corresponda. Las niñas van acompañadas por chaperonas, ¡faltaría más!, pero mi amigo Chicho (que se ha reconciliado conmigo tras el desplante del Club de Comercio) conoce a la chaperona que va con la chica que me  interesa. 



Después de las presentaciones y pasear un rato por la plaza, me invitan a su casa y me dan el número de teléfono para que les avise de mi visita. Parece que le he caído en gracia a la chaperona, que resulta ser la tía de  Matilde, que así se llama la chica.

Tras las despedidas, el amigo Chicho y yo damos una vuelta por los alrededores de la plaza y, de pronto, escuchamos el sonido de violines que vlene de una de las clásicas ventanas enrejadas de la ciudad, nos asomamos y vemos que hay dos monadas tocando el violín.


A través de la reja nos dicen que estudian violín en la escuela de música y mi amigo y yo decidimos inscribirnos en la misma, cosa que hacemos unos días después.

Me llevo una desilusión cuando el director, profesor Zabala, me envía a clases de solfeo. Yo pretendía empezar a aporrear el piano, pero no, hay que aprenderse las notas. Además las violinistas no aparecen por ningun lado, por lo que mi amigo desaparece de la escuela. Y no se me daba mal ésto del solfeo cuando descubrí que todo era  cuestión de matemáticas: ¿cuántas semicorcheas hay en una redonda?, ¿cuántas negras hay en dos blancas?, etc.etc. Además Zabala queda encantado con mi voz y me recluta para el coro de la escuela. Los domingos cantamos en el templete de la plaza Bolívar ante un numeroso grupo de oyentes.


La soprano desafina, pero como es la esposa de Zabala nos tenemos que aguantar.

Poco tiempo después, Zabala  nos invita a varios de los integrantes del coro a que interpretemos una radio-novela que se emitirá por una emisora local. Está patrocinada por la "Avena Quakers" y los episodios  vienen redactados desde Mexico. Se trata de uno de esos juicios interminables y que se desarrolla, permanentemente,  en el juzgado. Nos repartimos los papeles amistosamente, aunque algunos tendremos que interpretar a dos personajes diferentes, por la sencilla razón de que somos cuatro chicos y dos chicas y hay  diez en la novela.

Nos poníamos delante del micrófono como estos viejetes

Confieso que es el trabajo más agradable que he realizado en mi vida y he llegado a tener la ilusión de dedicarme a fondo a esta actividad. Desde luego es mucho más divertido que la contabilidad. En casa no le han prestado la menor atención al asunto, lo que me faculta para decir que se emite martes, miércoles y jueves por la noche, cuando sólo trabajamos martes y jueves, consiguiendo una excusa para escaparme los miércoles a visitar a Carmencita.

Zabala nos da unas monedas los sábados como compensación por nuestro arduo trabajo, pero me dura poco el entretenimiento por una infección de amígdalas que me deja fuera de combate. Seguramente ha sido demasiado esfuerzo para mis cuerdas vocales tener que interpretar al fiscal y a uno de los testigos importantes, amén del papel del defensor por ausencia del titular. Cuando intento volver, a la semana, me encuentro con que se ha terminado el invento por falta de patrocinador. Varias veces traté de volver a la radio para dedicarme profesionalmente a una actividad tan entretenida y agradable, pero el destino me iba a llevar por otros senderos más aburridos.

He ido a visitar a la chica del autobús. Vive en una enorme casa de tres pisos, rodeada por un jardín. Me ha recibido en unas butacas en el porche, acompañada por su señora mamá. Después de unos 15 minutos de charla, durante los cuales me entero de que son italianas y la chica es hija de un catalán, fallecido y la única de éllas que se casó, ya que las otras (número indefinido) han permanecido solteras. Se va la madre pero, al instante, aparece una tía. Se repite la jugada con otras tías y una de éllas me invita a un dulce típico de Maracaibo: los higos con papelón. Se trata de higos verdes, macerados en papelón, una especie de azúcar moreno pero más ordinario.

Panelas de papelón

Me parece repulsivo el dulcecito pero me lo trago con disimulo. No he logrado mantener ni cinco minutos de charla a solas con la chica, pero bastan para sentirme profundamente enamorado de esa cara, de esos ojos negros...

Cuando llego a casa me entero de que nos mudamos a otro chalet, no lejos del que vivimos. No pregunto las razones del cambio pues, a estas alturas, ya estoy acostumbrado  a estos movimientos. Nuestro equipaje ha sido siempre ligero y bastan unas cuantas maletas para cambiar de sitio. Al lado del nuevo chalet está la heladería Alfa , con la que nos comunicamos por la parte este del jardín.  Para mi no podían haber mejores vecinos.


Los días de fiesta no nos perdemos la playa del lago y allí nos encontramos con el profesor S.A. y su señora, invitando a Coca-Cola. Están contentos de tener un graduado de la escuela trabajando en la Caribbean, pero el profesor me recuerda que aún no ha encontrado una diferencia de 54 Bs. que cargué a la cuenta "Diferencias buscadas y no encontradas" en el Mayor de uno de sus clientes, cuya contabilidad me había encomendado.
Le prometo pasar por el instituto y ayudarle a cuadrar la cuenta (de paso le cobraré unos honorarios que me debe).
Seguramente será un baile de números (por ser múltiplo de 9). En vista de lo cual me voy al agua con mis hermanas.

Con mis hermanas

jueves, 9 de febrero de 2012

GASTRONOMÍA CRIOLLA

Hasta ahora no hice mención a lo que se come en este país. Ha llegado el momento de decir alguna cosa sobre el asunto.
En general se puede comer bien y, con el tiempo, aprende uno a disfrutar de las viandas locales.

Mi padre es un entusiasta seguidor de la teoría que dice: "de lo que se come, se cría". En casa de mis padres siempre se comió bien y muy variado, excepto durante la guerra, por supuesto. Mi abuelo había pertenecido a una sociedad gastronómica  en Vitoria y sabía cocinar como los ángeles. Mi padre heredó esa habilidad y, por su parte, mi madre hacía unos guisos para chuparse los dedos. En Venezuela había que adaptarse a los productos locales y se perdía sabor por falta de aceite de oliva, que se substituía con aceite de ajonjolí, de algodón o de maíz. En casa se comía mucho pescado, ya que el mero y el pargo eran muy buenos. Tampoco estaba mal el carite, una especie de bonito, muy abundante por el Caribe.

Un hermoso mero pescado por ese señor a quien no conozco

Deliciosos pargos, de carne parecida al salmonete

Carite

Abundan también los mariscos y, recién llegados al país, se compraban unas langostas a precios irrisorios. Debo confesar, no sin cierto bochorno, que no logré cogerle el sabor a tan exquisito manjar hasta los 20 años; hasta entonces la despreciaba olímpicamente.

También se come carne en abundancia, a pesar de lo feo que es el ganado nacional, con esa desagradable joroba.


Además la carne suele ser durísima y por ese motivo se come "esmechada" (desmigada). A pesar de ello, había unos puestos ambulantes en Caracas, abiertos de madrugada, que vendían una carne a la brasa que sabía a gloria, tras una buena pachanga.
Voy a enumerar algunos de los alimentos característicos de la cocina criolla:

1) Las arepas o "discos de maíz cádido", como las llamaba un poeta cursi.


Se preparan con harina de maíz y, una vez asadas, se abren y se llenan con infinidad de cosas. Por ejemplo, con carne esmechada:


Recién hechas a la parrilla están muy bien. En cuanto se enfrían, no pueden tragarse (al menos yo)

2) Hallacas

Un plato de lujo que suele comerse en Navidades y que precisa mucho trabajo. Se introduce  un guisado de pollo y cerdo, cebolla, ajo, aceituna y otras cosas, dentro de una  masa de maíz similar a la de las arepas. Todo se mete en hoja de plátano (o "cambur", como lo llaman aquí), se ata  y se sancocha (cocina en agua). La hoja de plátano le da un sabor característico, muy agradable.

3) Ensalada de gallina

Es una especie de ensaladilla rusa, pero ilustrada, ya que incluye trozos de gallina, langostinos, espárragos y otras cosillas. Todo cubierto con mayonesa. Estupenda tras una buena tanda de cervezas.

4) Pernil de cerdo al horno

Sencillamente se trata de una pierna de cerdo horneada y aderezada con ron. Está buenísima.



5) Tequeños

Son trozos de queso fresco, envueltos en harina y fritos. Muy buenos con la cerveza.



6) Langostinos empanados

Una vez pelados, pasados por huevo y revueltos en pan rallado, se fríen. Exquisitos


7) Arroz con caraotas (alubias negras).

El plato típico del Caribe. Se acompaña con plátano asado o frito y carne esmechada.



8) Sancocho de gallina

Consiste en un hervido de raíces, como la auyama, la calabaza, el ñame, etc. con gallina y la clásica mazorca de maíz. Muy bueno para la resaca.


Hay muchas cosas más pero, como no pretendo publicar un manual de cocina y esto  me está quedando un poco largo, vayamos a los postres:

a) La clásica ensaladilla de frutas, que se hace con lechosa (papaya), trozos de naranja y piña, más cualquier pedazo de otra fruta disponible.

b) La cocada

Es un batido de coco fresco en su jugo y mucho hielo granizado. Mi favorito. Tiene que hacerse cuando el coco no está seco y su carne está tierna.

A esta cocada le han puesto una corona que no es normal
c) Batido de guanábana

Aunque es una fruta incomible, batida con mucho hielo y azúcar, es mi segunda opción. Espesita y deliciosa bebida.



d) Hay infinidad de frutas tropicales, como la guayaba, la parchita, el mango, el cambur, que es el plátano y del que hay  variedades (cambur titiaro, cambur manzano, etc.). También disponen de frutas de otros climas, como el durazno (un melocotón mini), el melón, la patilla (sandía)  y la naranja. Esta última tiene siempre el exterior de color verde, aunque esté madura por dentro y su jugo está muy bien.

¡Buen provecho!

miércoles, 8 de febrero de 2012

THE CARIBBEAN PETROLEUM COMPANY

Antigua sede de The Caribbean Petroleum Co.

La publicación de nuestros rostros en "Panorama" ha traído como consecuencia que un funcionario de la Caribbean Petroleum se presente en el Instituto de Contabilidad para citarnos en el departamento de personal de la empresa. Siciliano rechaza la invitación porque ya tiene un curro en la joyería, pero yo no desaprovecho la oportunidad y me presento a la entrevista. A pesar de mis pobres conocimientos de inglés, me contratan como empleado fijo y el 8 de enero de 1944 inicio mi carrera en la compañía, con el beneplácito de mis padres que conocen la importancia de la empresa. Renuncio, no sin cierta satisfacción, a mi empleo en el hospital y me presento en las oficinas de contabilidad. El edificio está a unos 15 minutos de casa y  recorro el camino a pie, trajeado con la vestimenta normal en la empresa: camisa blanca y corbata.

(Años después  la película "El apartamento" me recordó el local donde inicié mi carrera).

Me asignan a la sección de Clientes, al lado de mi supervisor, el Sr. Sánchez. un hombre de unos 40 años, rechoncho y con la gracia natural de los maracaiberos. Congeniamos enseguida, sobre todo cuando le pillo lanzando clips con un lápiz a otros empleados del departamento. Es un verdadero artista con el jueguito y siempre acierta su objetivo, que suele ser la mano de un compañero.
La oficina es inmensa y sólo tiene tres despachos independientes, al final. En uno se encuentra Mr. Nelson, jefe del departamento y los otros dos los ocupan su secretaria y un ayudante. Todos los demás, unos 100, no contamos con más separación que algunas mamparas de 1 m 50 que distinguen la secciones; incluso los jefes de sección, la mayoría de nacionalidad holandesa o inglesa, están "al aire".

Entre los empleados locales se conoce a los extranjeros como "musiús", una deformación del "monsieur" francés. Musiú se utiliza, en general, en toda Venezuela para señalar a gente anglosajona. Los franceses, españoles o italianos no llegan a esa categoría y se llaman, simplemente, por su lugar de origen. A veces se agrega algún calificativo para aumentar el significado, por ejemplo: "Italiano del carajo", "portugués de m.", etc. Hay otra categoría, todavía inferior, la de "turco", que se aplica a cualquier originario del norte de África o cercano oriente, sea árabe, judío o marroquí o incluso auténtico turco.

Ya me he referido anteriormente a la importancia del petróleo para Venezuela. Veamos quiénes son los amos del cotarro en 1944:



La Caribbean es el barco insignia del Grupo Shell, británico-holandés, que divide su participación en Veneauela en otras seis compañías, cada una dedicada a una actividad diferente: exploración, producción, refinación, ventas y transporte. Posteriormente agrupó todas ellas bajo el nombre de Compañia Shell de Venezuela.

La Creole representa a la norteamericana Esso.
Ambas empresas se reparten el 90% del negocio.
También están la Mene Grande, la Socony y el resto de las llamadas "seven sisters".

Además de enseñarme el lanzamiento de clips, Sánchez me explica cuál será mi trabajo. Tengo que anotar en un libraco los suministros que se entregan en los puertos del lago a los buques tanques. Cada hoja lleva el nombre del buque-tanque (o tanquero, como dicen aqui) y varias columnas donde se apunta el producto suministrado: fuel, víveres para la tripulación, grasas, etc.

Poco tiempo después se produce un cambio  en la jefatura de mi sección y aparece otro holandés. Éste tiene peor pinta que el anterior y Sánchez recorta el lanzamiento de clips por el momento. Yo resuelvo abstenerme.

Unos días más tarde, el nuevo jefe se ha enterado de los trabajos que hacemos y anuncia que el control de gastos de los tanqueros no hace falta, pues existe otro procedimiento que obtiene iguales datos. Considera que se está duplicando, inutilmente, un trabajo y gestiona mi despacho a otra sección.
He sido trasladado a Nóminas.

Mi nuevo jefe es Mr. van Beverhoudt y me asigna el control del fondo de pensiones del personal expatriado (holandeses y británicos que trabajan aquí pero reciben su sueldo en USD). En aquellos lejanos tiempos, sin ordenadores ni nada parecido, había que utilizar el ingenio para, simplemente, apuntar un asiento simultáneamente en dos libros diferentes. En mi caso, se utilizaba una curiosa máquina de escribir, la "RUF", que permitía escribir de esa manera, es decir, en la hoja correspondiente al empleado y en la cuenta mayor.


En la CSV se trabaja los sábados hasta las dos de la tarde, mientras que, el resto de la semana, el horario es de 8 de la mañana a 1 de la tarde. Un grupo de empleados locales tiene la costumbre de pedir, todos los sábados a la una, varios emparedados al club que tiene la empresa a dos manzanas de distancia. La cosa se realiza con cierto misterio porque no se pemite comer en horas de oficina. Un "office boy" (botones) es el encargado de traer las viandas que se reparten y comen en el cuarto de baño, . Me apunto al dispendio porque también noto el "gusanillo" a esa hora, a pesar de cierto "yuyu" por el tipo de comedor.

Los sábados, a la salida del trabajo, se celebran combates de boxeo entre el personal. En el club ya mencionado, se ha preparado un ring con todas las de la ley, donde los contrincantes arreglarán sus diferencias. Suelen ser compañeros de trabajo que han tenido algún altercado durante la semana y que han pronunciado el correspondiente reto: "Te espero el sábado en el club".

Como estoy al tanto de estas actividades, he comprado el libro de "Tensión Dinámica", del conocido Charles Altas para mejorar la musculatura.



Además tomo unas clases de "jiujitsu" y levantamiento de pesas en un gimnasio cerca de casa. Estoy dispuesto  a dejar de ser un "alfeñique" y aceptar cualquier reto del enemigo.

Un domingo estoy presenciando un partido de fútbol que se celebra, en plan de entrenamiento, entre los "Diablos rojos" y el CD Cabimas. Uno de  los jugadores me conoce y habla con el "mister" de los "Diablos Rojos". Al saber que soy español, el "mister" presupone que juego al fútbol y me dice que entre en el juego.  Me facilitan unas botas y un uniforme y salto al campo con gran ilusión. Me han puesto de interior derecha y me marca  un tipejo muy fornido y con pinta de zambo. No lleva botas, pero pega unas patadas con las uñas que me hace dar de bruces en tres ocasiones. No hay manera de que el árbitro señale falta, por lo que me retiro del partido con la excusa de que estoy lesionado. No vuelvo a aparecer por la zona ni cuento nada en casa, pues mi padre me ha advertido que no participe  en deportes violentos en ese clima tan caluroso. Ya he cumplido 18 años, pero la patria potestad persiste hasta los 21.

martes, 7 de febrero de 2012

MADURANDO EN EL HOSPITAL


Estoy sospechando que mi padre pretende que estudie medicina. Según dice, la profesión de mayor categoría es la de médico. Tampoco desprecia la de arquitecto y admira a los ingenieros norteamericanos. Las demás le parecen poco serias.
Mi sospecha empieza cuando me cambian de sitio, en la farmacia, trasladándome a la Consulta Externa, una especie de centro de salud para pacientes del hospital.
Allí me recibe NN (no recuerdo su nombre), el sanitario que atiende a los enfermos ambulatorios.  Es un maracaibero muy simpático que enseguida empieza a enseñarme a poner inyecciones intramusculares. Las intravenosas las deja para más adelante. Cuando considera que estoy listo, cojo los trastos y empiezo a pinchar en el limitado lugar donde hay que hacerlo:


Bastante gente viene con quistes por inyecciones infectadas, causadas por mala higiene del practicante o por haber sido colocadas fuera del espacio correcto. Hay que curarlas aplicando un spray con cloruro de etilo, un refrigerante que anestesia la zona,  permitiendo sajar con el bisturí e introducir una sonda acanalada para drenar el pus. Un trabajito bastante desagradable que, por el momento, NN se limita a pedirme que lo observe.

Para evitar infecciones hay que lavarse meticulosamente las manos y poner la inyección en el espacio limitado que se ve en el dibujo anterior. "Si te pasas hacia el sur, se producen esos desagradables quistes, si te pasas hacia el norte, pillas el nervio ciático y fastidias bastante al enfermo ", me decía NN. Hay un truco para novatos que permite encontrar ese punto fácilmente:

Con la mano abierta se coloca el dedo gordo sobre el límite de la hendidura de las nalgas y el dedo meñique en el hueso de la cadera. El sitio lo marcará la base del dedo anular. Lógicamente algunas pacientes sospechan del manoseo, pero terminan convencidas de que es parte del trabajo.
Recuerdo a una chica muy atractiva que venía a ponerse inyecciones de "salvarsán". Mi compañero me dice que tiene "3 cruces" de sífilis y que procure mantener una distancia prudente. Una lástima porque invitaba a la práctica hipodémica.

Un par de meses depués, mi padre me recupera para su departamento de radiología, considerando que ya tengo suficiente práctica en la materia. Me asigna la tarea de poner inyecciones de pituitrina a todas las pacientes. La pituitrina se utilizaba antes de hacer la radioscopia a las embarazadas, confesas o sospechosas de estarlo.

La mayoría de las pacientes, sobre todo las jóvenes, se sienten abochornadas por enseñar las nalgas a un chico de 17 años, pero he adquirido tal práctica y mantengo tal seriedad en el trabajo, que terminan aceptándolo. Por mi parte no recuerdo el menor interés por los numerosos traseros que desfilaron ante mis ojos, ni creo que me inmutara cuando alguna se quejaba de lo joven que era para tales menesteres.


Mi padre no pierde oportunidad para explicarme los peligros de unas relaciones humanas descontroladas y lo beneficioso que es el lavado con jabón "Lagarto". En una ocasión me lleva a un quirófano vacío, afortunadamente y me enseña lo que hay en un balde situado en un rincón. Es un amasijo de carne informe en la que destacan unos ojos. Se trata, me dice, de un feto nacido sin osamenta. "Hijo, ésas son las consecuencias de los excesos carnales". El caso es que me resulta difícil tragar los alimentos que nos sirven en el comedor del hospital después de los ver curar quistes y de las clases de mi progenitor.

Otro espectáculo poco agradable  lo presencié en el centro de la ciudad. Iba en un taxi y, de repente, el coche da un tumbo como si hubiera pasado encima de una persona. "¡Ay, virgencita de la Chiquinquirá!, exclama el taxista, deteniendo el coche y bajándose. Yo hago lo mismo, por si mis conocimientos médicos puedan ser de ayuda. "No es nada", me dice con una sonrisa "Era un cienpies". Pero es que el cienpies es XXL, como sólo los he visto en Maracaibo. Medirá un metro de largo y parece un pez sierra. Y es que, con estos calores, todo adquiere un mayor tamaño, especialmente los insectos.


Corre el año 1943 y no pierdo de vista la guerra mundial. Empiezan a llegar buenas noticias con la derrota de los nazis en la terrible batalla de Stalingrado, el final del predominio de Rommel en África y el desembarco alado en Sicilia. Por si fuera poco, ahora los alemanes están sintiendo los efectos de su propia medicina, cuando empiezan a recibir bombardeos intensivos de los aliados en el corazón de Alemania.


Uno de mis amigos, "Chicho" H., que pertenece a la gente VIP de la ciudad, me lleva a conocer ambientes elegantes y fiestas donde se supone que van chicas de gran clase. Se ha preparado una fiesta en el Club de Comercio y pretenden que haya igual número de chicas y  chicos. A mí me han asignado a una chavala que no conozco hasta que nos reunimos a la entrada del club. Se trata de una gordita, muy elegante, pero poco agraciada para mi gusto. De pronto he recordado que he olvidado la cartera en casa y así se lo hago saber al grupo. Me largo de allí con viento fresco consiguiendo que no me vuelvan a invitar jamás.

No me importa separarme de las "fuerzas vivas juveniles" porque me espera mi amiga Carmen, de la que estoy enamorado  y que me corresponde generosamente.

No es que tenga mucho tiempo libre, pues estoy terminando el curso de contabilidad y acabé el de mecanografía. Ahora he pasado a ser el maestro  y enseño a escribir a máquina a los nuevos alumnos. También estoy ayudando al profesor S.A. a llevar unas contabilidades de varios clientes. Estoy poniendo la primera piedra de un futuro pluriempleo que me aguarda proceloso.

Se acercan las Navidades y nos preguntan si queremos examinarnos de contabilidad ahora o esperar a enero. Sólo Siciliano, el hijo de un joyero italiano y yo nos decidimos a presentar el examen ahora. Pasamos con nota la parafernalia del examen y publican nuestras fotografías en "Panorama", el periódico local.

lunes, 6 de febrero de 2012

PRIMER EMPLEO

La farmacia Santa Sofía estaba en el edificio blanco de la esquina

Efectivamente, he aceptado el trabajo en la farmacia Santa Sofía. Es un local enorme con cuatro dependientes que, conmigo, serán cinco. Aquí no se limitan a expender productos envasados sino que, la mayoría, son fórmulas que el farmacéutico, Dr. Olarte, colombiano, tiene que elaborar.  Al fondo se halla su despacho y a la entrada, a mano izquierda, el del gerente y primer mandatario en el local. Todos me reciben con alegría, excepto el señor gerente, un tal Segundo R., al que parecen no gustarle los recomendados. En contraprestación, a mí no me gusta su cara, ni tampoco su ridículo nombre. Me parece absurdo que se llame "segundo" si es el "primero".

Empiezan a llegar clientes y no logro entender lo que me piden y mucho menos lo que dicen (todavía no me he estudiado el Diccionario Maracucho), por lo que tengo que acudir a los compañeros que me van enseñando de qué va la cosa y traduciendo al cristiano.

Una señora se me acerca y me pide un real de "Vente conmigo", un bolívar de "Sígame joven" y real y medio de "Venamí", entregándome tres frasquitos vacíos. Fuenmayor, un dependiente que me está entrenando, me dice que lleve los frascos al farmacéutico.  Éste coge los frascos y se dirige hacia una estantería.


Me pide que me acerque y puedo leer algunas inscripciones en los envases de la estantería:

Amor prohibido
Ven a mi
Llama plata
Lluvia de oro
Siete machos
Don dinero
Siete poderes
Amarre hombre
Cairaquito morado

El farmacéutico me indica que "si no encuentras lo que te han pedido, ponle cualquier vaina"(*). "Este es el armario de las brujerías y las pendejas (**) que lo compran no tienen ni idea".

Cuando hay poca clientela, ayudo al Dr. Olarte en la preparación de fórmulas. Una, la de la "sal de frutas", se prepara fácilmente, aunque luego hay que pesar 50 gramos y envasarla en unos sobres que se cierran con una maquinita manual. Eran parecidos a éstos:


El pesaje me pareció una pérdida de tiempo y los llenaba a ojo de buen cubero. Don Segundo, el gerente, parece que sospechaba algo de la rapidez con que terminaba el trabajo y, en vez de felicitarme, se presentó un día con su superior, uno de los hermanos Belloso y un montón de sobres llenados por mí. Los fue pesando uno a uno en la báscula y para mi sorpresa y disgusto del fulano, todos coincidían con los 50 gramos reglamentarios, excepto unos cuantos que tenían 49. Le deben haber pegado un rapapolvos al Segundo, porque aumentó su manía para conmigo.


En una ocasión una señora me pidió, en voz baja, una caja de Kotex. "¿Dónde está el Kotex?", pregunté en voz alta a Fuenmayor, que estaba al otro extremo del mostrador. Se produjo cierta conmoción entre empleados y clientes que me dejó perplejo. Luego me enteré de que se trataba de un producto para la higiene de la mujer y que había que entregarlo con disimulo.


Fuenmayor y otros compañeros de la farmacia me invitaron a un  "picoteo" (***) un sábado por la noche. Cuando mi padre se enteró de que el sarao era en El Saladillo, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad  empezó a ponerme pegas, pero no recuerdo cómo, me las arreglé para ir a la fiesta y me lo pasé estupendamente bien. Servían unas cervezas heladas, perfectas para el clima. Habían dos marcas en la región, la Zulia y la Regional que se podían tomar de barril y heladas en dos bares de la plaza Bolívar. Tiempo después me hice adicto a la Regional, menos amarga que la Zulia. Juraría que no he tomado mejores cervezas en mi vida.



Vista panorámica de El Saladillo


Por circunstancias que desconozco, a los pocos meses de mi ingreso en la farmacia, mi padre me llevó a trabajar con él al Hospital Quirúrgico. Me colocaron, al principio, como ayudante del encargado de la farmacia del hospital, un italiano llamado Padovani, con el que tampoco congenié, supongo porque temía que lo desplazara de su puesto.
En una ocasión le rectifiqué un escrito en el que había puesto "garage", así, con "g". No me dijo nada, pero pocos días después vi que, al lado de mi corrección, había escrito: "garage siempre ha sido y será con G". A sus 45 años se ponía a la altura de un chaval de 16.

Tampoco le debió sentar bien que me encargaran a mí el control de estupefacientes. Consistía en suministrar morfina, por ejemplo, según recetas internas del hospital, que me traían las enfermeras. A final de mes, hacía un inventario del remanente, lo cuadraba con las recetas recibidas y preparaba un formulario oficial para la firma del director del hospital.
Sospecho que hoy en día nadie se fiaría del procedimiento y menos bajo el control de un menor de edad. Adortunadamente en aquella época los jóvenes estábamos interesados en otras minucias que nos acuciaban, por ejemplo,  el sexo opuesto.

Lo que también pienso que sería extraño en la actualidad, es lo que hacía con el salario recibido. Tanto el sobre que me daban en el hospital, como el de la farmacia, los entregaba a mi madre, que lo abría y me asignaba unas monedas para chucherías.  Me parecía la cosa más normal del mundo. 

Así se lo contaba a mi amigo Atilio  cuando me proponía dar una vuelta por el club: "¿Cuándo vienes a conocer a Carmen?", me preguntaba. "No puedo, amigo. No tengo plata", era mi contestación. Hasta que, un día, se decidió a invitarme y ya no pude presentar más excusas.

Hemos llegado al club "Las amapolas" y nos ha recibido una chica que debe ser amiga de Atilio, porque lo ha abrazado nada más llegar. Nos sentamos en un reservado y, poco después, aparece Carmen. Parece muy joven, esbelta, cara muy guapa y viste un traje que debe ser dos tallas inferior al que le correspondería. Me da un beso , me toma de mano y me lleva a su habitación. No quiero entrar en detalles, aunque los recuerdo perfectamente, por lo escabroso del asunto. Sólo comentaré que mis escasos conocimientos teóricos de la materia, han bastado para obtener el beneplácito de Carmencita.
La parte desagradable de la aventura han sido los tres o cuatro días que he pasado con mis partes averiadas.

(*) Vaina=cosa molesta. "No me eches vainas"
(**) Pendejo=bobo, jilis, etc.
(***) Picoteo=baile con música de "pick-up" o tocadiscos.

jueves, 2 de febrero de 2012

EL INSTITUTO DE CONTABILIDAD INTERNACIONAL

Nuestra vida en Maracaibo transcurre con placidez. Vamos a menudo al prestigioso Club del Lago, del que somos socios. En una ocasión, mi padre se atreve a preparar una paella para 50 personas, a petición de los directivos del club y para demostrar sus habilidades de buen valenciano. Se sirve a los entusiasmados asistentes en "totumas", un envase formado por la mitad de un coco seco o tapara. Según mi padre le ha salido el arroz algo pasado, pero no ha quedado ni un grano en la especie de paella que le prestaron.


Las totumas, curiosamente, también las emplean algunos para cortar el pelo. Se colocan sobre la cabeza y se corta todo lo que sobresale, con lo que se consigue un auténtico corte totuma.

Hay una playa con arena y el club está lleno de cocoteros.

Con mis hermanas Elvira y María Luisa

Es un sitio muy agradable para darse un baño refrescante y sin peligro de los tiburones y barracudas del litoral caribeño, aunque recomiendan caminar dentro del agua bien calzado con botas o, para los más cómodos, ir arrastrando los pies. Hay diversidad de rayas lacustres, un pez que circula entre la arena del fondo y se molesta cuando lo pisan, clavando su aguijón en el tobillo del desprevenido bañista.


Unos amigos de mis padres, que van mucho por el club, son el matrimonio S.A. El es un hombre rechoncho, calvo, muy miope y un viejo para mis estándares de aquella época, aunque hoy lo calificaría de persona en la flor de la juventud. Su mujer debe tener unos 30 años, la mitad que él. Ambos  dirigen una escuela de contabilidad y secretariado en Maracaibo.  El profesor S.A. es español y dirigió una escuela similar, muy prestigiosa, en Chile. También es un  "fan" de la coca-cola y está continuamente invitando a esa bebida. No sé si era por el calor, pero aquella coca-cola de botella, servida en vasos rebosantes de hielo, resultaba deliciosa. Además sin esa contaminada raja de limón que tienen la manía de ponerle en España.

El profesor me pregunta  por qué no tomo el curso de contabilidad que imparten por las noches. Aunque no me suena como buena idea, mi padre dice que sí y en esa escuela empieza mi relación con la contabilidad, sin culpa alguna de mi parte, lo juro.

Además del curso de contabilidad, me apuntan al de mecanografía y, a causa de no pasar la prueba, en el de caligrafía. Tengo una letra, según el profesor, que da verdadera grima.

Años después me daría cuenta de que la contabilidad que nos enseñaban era pura teneduría de libros. En efecto, teníamos que aprender a escribir en letra redondilla, que se usaba para apuntar los nombres de las cuentas y subrayarlas en rojo. La descripción de los asientos y su importe se hacían con plumilla muy fina, untando en un tintero, por supuesto. Los libros de contabilidad eran obras de arte, aunque, como comprobé más tarde, fallaban un poco en el cuadre.


Toda la parte teórica tiene que aprenderse al caletre, ya que el profesor no es partidario de modernismos ni modificaciones al texto original. Algunas definiciones todavía las recuerdo perfectamente, por lo que me pregunto si el sistema del caletre es tan malo como se dice.

También tenemos clases de inglés por el ilustre profesor Mr. John D., chofer del cónsul británico en Maracaibo. Uno de los compañeros de clase no se fía y resuelve aprender a su aire. Se va al mercado por las mañanas y acompaña a las chachas de Trinidad, muy populares en las casas venezolanas, que suelen estar por allí.

Las clases de mecanografía las da la esposa del director en unas máquinas Underwood a las que se les tapan las teclas con una funda, para que aprendamos a escribir al tacto. Lo que me parecía una tontería me ha resultado de gran ayuda en la era de los PC.




Para no variar y mejorar de vivienda, nos hemos mudado a la quinta Fany, un chalet muy bonito en la avenida Bella Vista.


Con mi madre y mis hermanas

El instituto de contabilidad ha adquirido buena fama en Maracaibo y abundan los alumnos (y las alumnas).  Eduardo Ball y Henry Gramko viven cerca de casa y nos vamos a pie, al terminar las clases. Para llegar a Bella Vista paramos en un chamizo,  frente a la cárcel, donde venden unos bollos de ajonjolí con queso de mano. Imagino que, gracias a nuestros estómagos adolescentes, podemos digerir tan sospechoso alimento. Mientras paseamos y masticamos el manjar, mantenemos largas charlas en las que, Ball y yo, discutimos sobre la marcha de la guerra en Europa. Henry se queda al margen, lo que no nos extraña, ya que conocemos su preferencia por el bando de los "malos".

También he hecho buenas migas con Heinz Matheus, un hebreo alemán y con Atilio Estrada, hermano de un médico que trabaja en el Hospital donde está mi padre. Atilio , que ya tiene 19 años y es un "salido" en toda regla y yo, nos burlamos de Heinz por su timidez. Un día Atilio me cuenta que ha convencido  a Heinz para ir a un club de alterne, le ha presentado a Carmen y ésta se lo ha llevado a un reservado. Al rato ha salido Heinz hecho un basilisco porque la chica quería bajarle los pantalones. Nos reímos un rato, presumiendo de nuestra facilidad de trato con el sexo opuesto. Yo estoy "fardando", por mi parte ya que, a mis 16 primaveras, mi ignorancia en la materia, tanto teórica como práctica, es absoluta.  De tal manera que,  cuando Atilio me invita al mismo recorrido, me da la impresión de que me ha pillado y que ya no se cree mis experiencias en tierras francesas. Tengo que emplear toda mi habilidad para demorar la visita.

Una tarde mi padre me habla seriamente de la situación económica de la familia. Parece que tenemos un déficit importante y considera que mi colaboración sería de gran utilidad. Si estoy de acuerdo, tengo un trabajo en la farmacia Santa Sofía, propiedad de los hermanos Belloso, los industriales más importantes de la ciudad. Es amigo del mayor de los hermanos y tengo una buena recomendación para el curro. Me da la opción de pensármelo en un par de horas y decidir si continúo con el bachillerato o empiezo a trabajar.

No tardo ni cinco minutos en contestarle.

miércoles, 1 de febrero de 2012

A MARACAIBO

Tanto Guy Lenheman, un hebreo nacido en Palestina, del otro grupo de 6º, como yo, hemos sido los únicos en obtener un 20, la máxima calificación. Estamos ansiosos por inscribirnos en el famoso Liceo Andrés Bello, paso previo a la Universidad, como hacen los mejores estudiantes que terminan en la Experimental Venezuela. Hemos pasado por allí unos compañeros, para ir formalizando la inscripción y aprovechado la  la oportunidad para ver las clases de ballet en las que participan unas chicas esculturales. Un aliciente más para ingresar.

Liceo Andrés Bello

Pero me espera una de mis mayores desilusiones. Mi padre ha conocido al Dr. José D. L., director del Hospital Quirúrgico de Maracaibo, que le ha ofrecido el puesto de Jefe de Radiología y Supervisor de Farmacia, prometiéndole que será un paso importante para obtener la reválida de su título. Así que se ha marchado a Maracaibo, la segunda ciudad de Venezuela y ha conseguido una nueva casa, a donde nos trasladamos inmediatamente.

No recuerdo cómo recorrimos los 700 km que separan ambas ciudades ni cómo cruzamos los 8 km del lago de Maracaibo entre las dos orillas, pero lo hicimos por carretera y ferry, eso seguro, porque por avión no viajaba ni el tato. También he olvidado qué pasó con los inquilinos que teníamos en Los Caobos, lo que no me extraña porque no creo que me importara un pimiento.



Ya estamos en la cuna del petróleo venezolano, el Estado Zulia. Rodea los 14.000 km cuadrados del lago de Maracaibo, el mayor de América del Sur, descubierto por Alonso de Ojeda en 1497. Se cuenta que, cuando Américo Vespucci, que acompañaba a Ojeda, vio los palafitos construídos por los indios en aguas del lago, dijo que "son como una pequeña Venecia" y que, posiblemente diera origen al nombre de todo el territorio.



El desarrollo del petróleo en Venezuela tuvo su momento álgido en 1922, cuando el mundo conoció realmente la riqueza del subsuelo venezolano, con el reventón del pozo Barroso 2 en el campo La Rosa, cerca de Cabimas (estado Zulia). Este pozo lanzó durante nueve días un chorro incontrolable de más de 100.000 barriles diarios de crudo. Las principales empresas petroleras obtuvieron concesiones en la zona y realizaron grndes inversiones en exploración, producción y refino, dando lugar al desarrollo que colocaría a Venezuela como tercer productor mundial de crudo.

Las casitas flotantes que llamaron la atención de Américo Vespucci se convirtieron en miles de pozos de extracción de crudo por todo el lago de Maracaibo.



Dos cosas llaman mi atención sobre este lugar: la primera es el calor sofocante que se mantiene todo el año; la segunda, es el modo peculiar del lenguaje de los nativos. Utilizan un "voseo" parecido al argentino y una cantidad de palabras que requieren traducción. Adjunto un resumen de palabras y expresiones del lugar que me costará un año aprenderlas. Incorporo como anexo, para no molestar a los lectores que no tengan interés, este "Diccionario maracucho".

La casa que nos ha agenciado mi padre está en el centro de la ciudad y como aún no ha llegado el aire acondicionado a estas tierras, hay que usar permanentemente el ventilador.



Mi padre y yo utilizamos una regadera llena de hielo para ducharnos. He preferido dormir en un catre de lona, sin colchón, porque paso menos calor. Un artilugio parecido al que sigue, pero con almohada, ojo.



Ya estamos inscritos en colegios y yo empiezo el bachillerato en el Liceo Baralt. Un compañero se me acerca y entablamos una interesante conversación. Me dice que la colaboración que recibimos en Marignane por parte de las "fuerzas vivas", fue por simpatía de los masones con la causa republicana. A continuación me entrega unos formularios para que me inscriba en la logia de Maracaibo. Le digo que lo consultaré con mi padre. Como mi progenitor me dice que son payasadas y me explica en qué consiste la masonería, termino rechazando la invitación de mi condiscípulo. Seguimos siendo amigos, aunque no me vuelve a mencionar el asunto.

Poco va a durar el mangoneo, como explicaré próximamente.