miércoles, 23 de mayo de 2012

PERMISO PARA IR A SEVILLA



Para ordenar algo mis recuerdos, que se hacen más vagos a medida que me acerco a la actualidad, voy a pasarme unos días al calorcito de Sevilla, con el permiso de vuesas mercedes. Estoy hasta las narices de los cambios de temperatura en Madriz.
Volveré pronto, no angustiarse, por favor.

martes, 22 de mayo de 2012

VOLANDO A MIAMI

El 8 de noviembre de 1998 me encuentro en la zona de espera de la puerta A12 del terminal de Barajas. Son las 11 de la mañana y el vuelo 6123 de Iberia tiene la salida programada a las 12. No quiero perderme una presentación que va a hacer mi hija Maite en un congreso médico que se celebrará en Nueva Orleans, USA. Mi hija se ha doctorado en la Complutense de Madrid y ha superado mi modesta licenciatura, aunque en Venezuela me llamaran Doctor, como acostumbraban con todo graduado universitario. En una ocasión, cuando buscaba un limpiabotas  por la plaza Bolívar, me dice uno de éllos. "¿Limpia, doctor?. Le digo que sí y le pregunto:
"¿Cómo sabe Vd. que soy doctor?"
"Es que aquí llamamos doctor a cualquier pendejo", fue su drástica respuesta.

Estoy levantado desde las cuatro de la madrugada para poder estar en Alicante a las siete menos cuarto, una hora antes de que salga mi avión a Madrid. He tenido un sobresalto al llegar al aeropuerto de El Altet, pues no encuentro mi portafolios con toda la documentación del viaje. Después de intensa y acalorada búsqueda, aparece dentro del coche, entre la puerta delantera y el asiento. Llegamos a Barajas a las 9 y media, por lo que me temo una larga y aburrida espera hasta tomar el vuelo a Miami y conectar con otro a New Orleans, aunque buen tiempo lo paso recorriendo los kilómetros de pasillos dentro del aeropuerto. ¿Por qué diablos lo desembarcarán a uno en el extremo opuesto a donde va?


La sala de espera en que me encuentro es un hervidero humano. Deben haber más de doscientas personas, de variado aspecto y nacionalidad predominantemente centroamericana. A las 12 menos cuarto decido acercarme a la puerta de salida donde reluce una pantalla de televisión con el aviso "Iberia 6123 a Miami".


Me coloco lo más cerca posible, aunque detrás de una de las pobladas colas que se han formado. Hay mucha gente de Guatemala con montones de bolsas de mano, fardos cerrados con cinta adhesiva y bolsas del Corte Inglés. Me temo que estoy haciendo el ridículo con mi maletín de mano reglamentario (128 cm de envergadura, según exige IATA).

¡La pantalla ha cambiado! En lugar de mi vuelo aparece:
"Iberia 6145 a Managua"

Cinco minutos después vuelve a cambiar:
"Iberia 6138 a Cancún"

Y de nuevo, cambio:
"American Airlines 524 a Miami"

De pronto puede leerse:
"Iberia 6222 a Tegucigalpa"

Así hasta seis vuelos diferentes. Empiezo a ponerme nervioso cuando, ¡albricias!, vuelve a salir mi vuelo 6123 en la pantalla. Pronto la alegría se termina, pues volvemos otra vez al desfile de los otros vuelos. Me pregunto, ¿cómo van a distinguir a los paajeros de tantos vuelos saliendo por la misma puerta?
Transcurren los minutos y funcionarios de Iberia con teléfonos portátiles vienen y van. Nadie sabe nada y me pregunto si estoy en Madrid o esto es el aeropuerto de Burundi.

Por los altavoces se escuchan llamadas para otros vuelos:
       "Pasajeros del vuelo Iberia 4178 a Buenos Aires, embarquen por la puerta A7"
       "Pasajeros del vuelo American 421 a Nueva York, embarquen por la puerta A8"

Por más que aguzo el oído, no capto ni una palabra de mi olvidado vuelo 6123. Es la 1 y media de la tarde y la confusión se hace cada vez más aguda frente a la puerta A12.




De pronto noto ciertos movimientos extraños y me dirijo rápidamente hacia la puerta, ganando por varios cuerpos a los centroamericanos, que casi no pueden con los equipajes "de mano". Los empleados de Iberia no dicen ni pío y logro entrar en el avión. Se trata de un Jumbo y consigo ubicarme en mi asiento 58 que, por cierto, es el penúltimo de la cola (donde no suele llegar la prensa). Me extraña ver a tanta gente volando a Miami hasta que comprendo el viejo truco de Iberia:  todos aquellos vuelos que aparecían en pantalla los han colado en mi avión. En otras palabras, "vuelo" no es igual a "avión". De pronto me asalta una terrible duda y le pregunto a la azafata:
"¿A dónde va este avión?ª
"Primero vamos directo a Miami, luego a otros destinos".
Más tranquilo observo a mi alrededor. Estoy rodeado de gente griposa, sobre todo mi vecino, un holandés que viaja a Honduras para un reportaje de la TV de Amsterdam, que no para de sonarse los mocos. Para espantar las bacterias, dirijo el ventilador sobre mi cabeza, confiando en esparcirla hacia otras zonas del avión que, por cierto, está absolutamente lleno. 

Por los altavoces se escucha la clásica advertencia:
"Coloquen su equipaje de mano bajo el asiento delantero, por seguridad no introduzcan bultos en los compartimientos superiores"-

Es la mayor estupidez que pueda imaginarse. Nadie hace el menor caso, por supuesto, ya que no hay forma humana de situar los enormes paquetes bajo el asiento, así que los van metiendo a empujones en los sitios prohibidos. ¿Por qué no se aplica la ley y se obliga a facturar todo lo que no sea, realmente, "de mano"? Por cierto, este problema no es exclusivo de Iberia pues lo mismo observé en el vuelo Miami-New Orleans por American.

A las dos y media de la tarde nos comunican que emprendemos vuelo. Parece que los pasajeros han terminado su lucha por el espacio de sus equipajes. Con el avión hasta los topes y con el tonelaje que meten estas gentes donde no está permitido, no se si podremos despegar. Menos mal que es un Jumbo, aunque tiene que usar toda la pista nueva de Barajas para levantar vuelo, pero ya estamos en el aire. Nos espera la friolera de 9 horas de viaje, apretados como sardinas en lata. La visita al urinario es una verdadera odisea y por ciertos aromas que se pueden olfatear, me da la impresión de que algunos están usando las bolsas para mareos como lugar de destino de sus sobrantes.

Después del ridículo almuerzo, trato de echar una siesta, pretensión irrealizable por la estrechez de espacio y por el alboroto que impera en el avión debido al trasiego de pasajeros que han venido en grupo, pero los han ubicado en asientos lejanos. Tampoco puedo ver la película que, desde mi apartado asiento, tiene el tamaño de una caja de cerillas. Además no consigo poner los auriculares en funcionamiento.

Me dedico a observar a las azafatas, que son las mismas que admiraba cuando viajaba a menudo, allá por los años setenta. Tienen veintipico años más  y su belleza ha sido sustituída por las arrugas, a la vez que su característica simpatía se ha reducido al mínimo.

A las 11 y media de la noche, hora española, aterrizamos felizmente en Miami. Son las cinco y media de la tarde aquí y me preocupa que mi sobrina María Luisa lleve esperando tantas horas. Después de recorrer unos cuantos kilómetros por los pasillos del aeropuerto (¡qué manía, nos han vuelto a soltar en el extremo opuesto!), encuentro unos agente de policía y aduanas, muy simpáticos, todos hispanos, que me van indicando el camino hacia mi destino. Además han sido tan amables de explicarme que los antiguos "Men room" (servicios) llevan ahora el nombre de "Rest room". (Ya estaba yo apuradillo, por cierto)


Mi sobrina me está esperando, con toda la paciencia de Job y me lleva al hotel AmeriSuits donde me ha reservado habitación  para las noches del 8 y 9, tiempo previsto para recuperarme antes de retomar el vuelo a New Orleans. Llevo casi 20 horas moviendo el esqueleto y, aunque el espíritu no decae, el cuerpo me pide un receso. La habitación del hotel es modesta pero muy amplia, con tres ambientes que incluyen cocina, nevera, salón y una comodísima cama donde caigo con alivio en un sueño reparador hasta las 8 de la mañana, hora española. Pero por aquí todavía andan por las dos de la madrugada, así que me preparo mi clásico nescafé que, precavidamente, siempre llevo en la maleta y me dispongo a disfrutar de una larga sesión de TV hispana desde la cama.


A las 6 se puede desayunar y bajo al comedor para encontrarme con una serie de apetitosos manjares que no saben a nada. He quedado con María Luisa para que me recoja su hija Cristina a las 11 para llevarme a dar unas vueltas por la ciudad, así que salgo del hotel a dar un paseo por los alrededores. Pronto me percato de que estoy "en the middle of nowhere" (en mitad de ningún sitio)  pues no hay más que autopistas, coches, almacenes y muchos jardines. Todo precioso pero muy aburrido, por lo que resuevo volver a mi TV y disfrutar de la interminable propaganda hasta que me recoge Cristina y me deja cerca del Bco. de Santander, donde trabaja mi sobrina. Doy un paseo por los alrededores con la pretensión de admirar los escaparates de las tiendas que deben haber por aquí, sin duda, pero no veo ni una, por lo que vuelvo al sitio donde he quedado con María Luisa. Mientras espero a mi sobrina observo unos movimientos extraños de personas que han salido del edificio y se sitúan detrás de árboles y columnas en actitud sospechosa. Finalmente comprendo que se trata de fumadores, especie despreciada en este país. Manía que, como tantas cosas, copiadas de los USA, se pondrá de moda en España años después.

He aprendido una lección con este viaje en la llamada clase turista que, en realidad, es tercera clase. Si no tengo dinero para pagarme un pasaje de 2ª (o business class), no haré más viajes.  Si vale el doble, pues muy sencillo, haré un viaje en vez de dos, pero no vuelvo a meterme en un batiburrillo de esa categoría. El viaje de vuelta será el último en 3ª.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA VIDA SIGUE

La vida en Moraira transcurre con tranquilidad. Tenemos unos vecinos ingleses, aunque él es oriundo de Polonia, que viven permanentemente en un chalet contiguo al nuestro.  Los demás vecinos, alicantinos, sólo vienen los fines de semana pues tienen su domicilio en la cercana Benissa. Hasta cierto punto a mi me satisface la soledad, mientras que Maite prefiere tener gente con quien conversar (a mi ya me lleva oyendo 40 años) Como tiene un piso heredado en Bilbao, sugiere que lo vendamos y compremos algo en Benissa, a sólo 11 km de Moraira. Puesto que  nuestro nieto Pablo está a punto de terminar los dos años en el colegio de Moraira y no hay posibilidad de continuar los estudios aquí, parece que la idea de irnos a Benissa donde, además, trabaja su madre, se hace atractiva. Tampoco parece mala idea deshacerse de una propiedad en territorio sioux.

Benissa está muy bien comunicada con Alicante y Valencia, pues la carretera N-332 la cruza longitudinalmente y tiene al lado una conexión a la autopista AP-7. Me traslado a Bilbao en cuanto aparece un comprador y cerramos la operación sin demasiados problemas, comprando un magnífico piso en la plaza-parque de Benissa.

Vista de Benissa. Nuestro piso está en el edificio marcado con una X

En abril de 1994 hacemos la mudanza desde Moraira pensando en dejar el chalet para vacaciones y fines de semana,como hacen nuestros vecinos los Polo y mucha gente local, que tienen casa en pueblos importantes y una "casita" en la playa.

En Benissa todo está a mano y es facil encontrar  actividades culturales, de lo que presume, con razón, la gente del pueblo. Maite se apunta a la biblioteca pública, que está frente al piso y donde dispone de  las últimas ediciones de obras de actualidad sin tener que pagar un céntimo. A Pablo, después de inscribirlo en el colegio "12 de octubre", lo apuntamos también  en la escuela de música, esperando que pueda lograr lo que yo jamás conseguí: dominar el único lenguaje universal que existe. También se apunta a una escuela de tenis, por lo que tiene el tiempo bien empleado.

Por mi parte no he llegado a disfrutar del todo del ambiente local por la manía de meter ruido con cualquier excusa. Hay continuas fiestas con abundancia de pólvora que, muchas veces, me hace recordar episodios de la guerra civil, con la consecuente pesadilla. Los nativos encuentran un deleite patológico en la contemplación de hogueras, explosiones y, sobre todo, con el olor a pólvora. Los otorrinos deben de tener un gran negocio en esta comunidad.

Por otro lado, la situación de nuestro piso hace sumamente cómoda la compra y el viaje a Alicante, por la cercanía de la autopista y la proximidad del colegio de Pablo. Además existe un Instituto donde podrá continuar sus estudios cuando termina la primaria y están construyendo una extensión de la Universidad de Alicante en que se abrirán nuevos cursos.
En el pueblo  se celebran muchas fiestas, entre éllas un desfile de personal de todas las edades, vestidos con los trajes típicos del lugar y de etiqueta. Pablo se ha integrado totalmente  y aquí lo vemos, en compañía de Esther, una belleza local, en diversos momentos del desfile:

En traje de gala

Con la vestimenta típica local
Aprovechando la circunstancia

Entramos en una época de rutina y disfrute de nuestra vida sedentaria. Se acabaron los ajetreos anteriores y ahora puede uno concentrarse en lo que sucede en el mundo.
Por aquí la ETA sigue haciendo de las suyas, asesinando personas que no les caen en gracia o que pasaban por allí, donde habían puesto una bomba.
En Venezuela, desde donde sigo recibiendo noticias, el presidente Rafael Caldera ha tenido a bien indultar al golpista Chavez que estaba pasando una temporada en chirona.
En los Balcanes están, como acostumbran, pegándose tiros unos a los otros a base de bien. Los africanos continúan con sus guerras para demostrar al mundo que saben hacerlo igual que los blancos.
Suecia, Austria y Finlandia se incorporan a la Unión Europea, dándole cierto cachet al conjunto.
Mientras tanto, el Papa Juan Pablo II sigue soltando encíclicas. Ya lleva una docena.
Para complicar más las cosas, aparece Windows 95:


Todo el mundo habla del invento y considero que ha llegado el momento de enterarme de cómo funciona esta vaina de los PC. Es un mundo desconocido para mi y no tengo ni idea de lo que se está cocinando, cosa que me tiene algo nervioso. Consigo que un experto en la materia venga a darme clases al piso de Benissa un par de veces a la semana. Pronto se queja de que no le dejo dar la lección apropiadamente porque lo bombardeo a preguntas en cuanto llega a casa.

"Don Bwana, tenía preparada una clase sobre Word y me cose Vd. a preguntas sobre el teclado"

Un par de meses después de clases "a mi aire", me notifica que va a tomarse un año sabático en el Tibet para meditar una temporada sobre su capacidad para la enseñanza. Me asegura que su experiencia conmigo no tiene nada que ver con esa decisión y que se trata de problemas domésticos. Menos mal, ya estaba yo preocupado temiendo ser el causante de la fuga.

viernes, 18 de mayo de 2012

ENTRETENIMIENTO Y TIEMPO LIBRE

Durante una temporada he tenido algunos problemas con la visual que, consecuente con mis principios de no incluir elementos penosos en este relato, me limitaré a mencionarlo para explicar las razones de mi súbita afición a escuchar la radio. La antigua Antena 3 Radio emitía varios programas francamente interesantes y entretenidos. Entre éllos destacaba el programa "Viva la tarde", dirigido por  Miguel Ángel García  Juez, acompañado por Luis Ángel de la Viuda, Carlos Pumares, Luis Carandell, Alfonso Ortuño, Gerardo Iglesias y otros personajes o "tertularios" como se llamaban mutuamente. Hasta recibía felicitaciones de Navidad dibujadas por Ortuño y firmadas por los tertularios. Realmente eran tan divertidos que se olvidaba uno de cualquier problema.


En Moraira tenemos una playa a menos de cien metros de casa, pequeña pero muy agradable, a la que llaman Las Plagetes. Si queremos una playa mejor, a menos de 500 metros está la de La Ampolla, mayor y más concurrida que la otra. En cuanto hay buen tiempo disfrutamos del ocio todo lo que nos pueda apetecer. Hay supermercados cerca, muy bien surtidos de todo menos de pescado, por la tendencia de enviarlo  a los madriles, donde parece que pagan con mejores pesetas.

Aquí hay desfiles de "Moros y Cristianos" como es habitual por estas latitudes y se libran batallas para la conquista y reconquista de un fuerte que hay a la orilla de la playa, todo condimentado con disparos de arcabuces y demás parafernalia. No hay que asustarse, porque los moros son, en realidad, vecinos del lugar, totalmente inofensivos (*).


A pesar de la distancia que nos separa de Madrid y otras capitales,  seguimos recibiendo visitas de familiares y amigos que siempre nos amenizan el rato, como demuestran las siguientes forografías. En la primera están, José Luis, hermano de Maite y su esposa, Milagros, que han venido desde Caracas, vía Miami. También aparecen su hija María Luisa y su marido, dando la murga con mi guitarra.




Familiares bilbainos de Maite

Por nuestra parte también organizamos festejos en casa. En las siguientes fotos está celebrándose el 6º cumpleaños de Pablo y su madre, Ana, ha preparado unas carreras de saco para disfrute de "la canalla" (la chiquillería, en catalán). La calle está recién asfaltada, lo que facilitará el recorrido que, antes, era de tierra.

  
Salida de la carrera del saco, 50 metros

A los diez metros ya hay un abandono, a pesar del nuevo pavimento

Los finalista, tras el fatigoso recorrido.


Los padres y abuelos han pasado olímpicamente del evento y se encuentran practicando el levantaminto de cerveza y whisky mientras la canalla se entretiene. Como las cámaras fotográficas están en poder de las mamás, no tengo testimonio gráfico del acontecimiento.

Los días, meses y años van pasando plácidamente, algo insólito en nuestra familia. Habrá que pensar en algo más emocionante, como alguna pequeña mudanza.


(*) Ignoro si en la actualidad lo hacen con moros fetén.

jueves, 17 de mayo de 2012

EN LA COSTA BLANCA

La escasez de actividades en el negocio que había montado y el haber alcanzado tan  avanzada edad tras 45 años currando, me hicieron desechar la idea de meterme en otros negocios, por lo que decidí acogerme al sistema de jubilación anticipada a los 63 años.

Nuestra ilusión era tener una casita al lado de la playa donde pudiéramos respirar aire puro y entretenernos contemplando el ir y venir de las olas, pescando algún salmonete si se terciaba.   Después de algunos viajes de inspección por las costas peninsulares, llegamos a la conclusión de que la localidad de Moraira, en la Costa Blanca, era el sitio más adecuado para nuestro retiro. Era un lugar con un clima estupendo y sin las edificaciones monstruosas típicas de la costa mediterránea. Claro, todo debido a que contaba con una pequeña playa muy inferior a las vecinas Calpe o   Denia. Me vendieron un terreno en lo que llamaban "la milla de oro de Moraira" (¿cuántas millas de oro existen?) y encargué la construcción de un chalet al estilo de la región, rodeado por un bosque de pinos.

Si alguno de los lectores se ha embarcado alguna vez en una operación similar, conocerá  los dolores de cabeza y disgustos que representan las relaciones con constructores. Después de varios viajes a mi propiedad, discusiones con el constructor y cambios de última hora, la casa estaba terminada a principios de 1991.





Para financiar la operación tuve que vender el chalet de Monteclaro y la oficina de Pintor Rosales, tarea que resultó bastante complicada porque abundaba la oferta, como suele suceder cada vez que va uno a vender.. Finalmente  encontré a unas personas decentes que me pagaron  al contado  más o menos. lo que les pedía.
Nos mudamos con todos los bártulos a Moraira en  junio  de 1991 y pronto empezamos a encontrarle defectos a la nueva casa. Aunque me habían asegurado que no hacía falta calefacción ("¡Dónde va, hombre! Aquí el frío no existe"), cuando llegó el invierno había que dormir con tres mantas. Por otro lado, el agua de la zona tiene una cantidad enorme de cal, por lo que hubo que instalar un descalcificador al que acompañamos un sistema de filtrado por ósmosis   inversa para conseguir agua potable exenta de los abundantes nitritos del lugar.Un "pastón", dicho sea de paso.
 Durante algun tiempo tuve que procurarme los servicios de fontaneros, electricistas y otras gentes de mal vivir, con la mala suerte de encontrarme con chapuceros de primer órden. El peor de todos fue un sueco que me instaló un sistema de calefacción típico, según él, de las frías tierras escandinavas. Como por esos tiempos yo tenía gran confianza en los suecos, piqué como un panoli. Pocos años después tuve que tirarlo todo a la basura e instalar un sistema normal, el de toda la vida, porque pasábamos un frío de cuidado. Nunca pude reclamar nada al sueco, pues desapareció súbitamente de la zona (se hizo el ídem) como suelen hacer por aquí los innumerables extranjeros que montan y desmontan oficinas como por arte de magia.
En contra de mi política de no hacer modificaciones a la propiedad, en la casa de Moraira no he parado de cambiar cosas desde el principio. A los gastos antes contados, hay que agregar la construcción de un garaje, convirtiendo el original en otra habitación, instalar una piscina (la que se ve en la foto) y la incorporación a la misma de un sistema de calefacción por energía solar. Un problema, desconocido por nosotros, ha sido la suciedad de los pinos; muy bonitos y ecológicos pero que sueltan un polvo amarillo periódicamente, además de las semillas y la desagradable "pinocha" que deja todo hecho una pena. Al principio protestábamos por la manía local de talarlos, hasta que sufrimos en carne propia y en la de las plantas, sus efectos devastadores. No hay más remedio que deshacerse de esos árboles si se quiere tener un jardín más o menos decente.


Rodeados de pinos, muy ecológico, pero sucio

Ana y Pablo cuando nos rodeaba el bosque

Un año después de nuestra mudanza, empezaron a construir masivamente, eliminando el bosque de pinos y sustituyéndolo por chalets de variados tamaños. Una verdadera lata aue duró casi un año y los típicos abusos de albañiles (robándonos el agua), camioneros (bloqueando la entrada y rompiendo la valla) y otras gracias habituales del ramo.

Después de mi accidentado viaje por Francia y Suiza en 1976,  me había deshecho  del Mercedes, entregándolo en la Ford a cuenta de un modesto Ford Fiesta menos problemático. Posteriormente lo cambié por un poderoso Peugeot 405 que aquí aparece al mando de mi nieto Pablo:


Maite también ha cambiado su viejo Panda por un bonito Peugeot 206:


Por cierto, ¡qué cambio tan drástico en la actitud de los comerciales para con los clientes! Todavía recuerdo el trato recibido en Seat a mi llegada a España. Ahora te dejaban elegir direrentes modelos, te permitían dar una vuelta en el coche seleccionado y hasta invitaban a café. Estuve probando los modelos  BMW y Golf similares al Peugeot 405 y me decidí por este último, mucho más coche que los otros.

miércoles, 16 de mayo de 2012

AUMENTO DE FAMILIA

Mientras me entretengo como empresario y disfruto de ser mi jefe, mis hijas se han casado, nacen los primeros nietos y empiezan a caerseme las canas. Esto de ser abuelo me ha desconcertado un poco; ¿me estaré haciendo vejo?

Maite con Pablo y Celia en Monteclaro

Con los nietos en un clásico día frío de Madrid


Pablo, hijo de Ana,  remesa del 87

Los nietos jugando en Monteclaro



Celia, la segunda. Hija de Elvira.

Pablo aseando el jardín de Monteclaro


Guillermo, hijo de Elvira, modelo 1990
  
En 1990 tuve que viajar a Venezuela, sin esperar a hacerlo en intervalos de 11 años, como tenía costumbre. Esta vez era para ver a mi madre que se encontraba la pobre muy malita en casa de mi hermana María Luisa y de mi cuñado Santiago. Continuaban viviendo en Calabozo, Estado Guárico y mi cuñado, junto con su hijo, fueron a recogerme al aeropuerto de Maiquetía para llevarme por carretera hasta Calabozo. Pasé tres días allí bastante tristes. Para animarme un poco, Santiago y María Luisa me llevaron al Club Puerto Azul un par de días, antes de mi vuelta a España.  Me temo que ha sido mi último viaje a ese país.

lunes, 14 de mayo de 2012

FINAL DE ETAPA

La Ley de Hidrocarburos permitía a las exploradoras de petróleo y a sus contratistas el despacho inmediato de materiales en las aduanas, tanto los consumibles en España como los que se re-exportaban, lo que evitaba los retrasos en la recepción del material que podían resultar muy costosos para los operadores. Decidí crear una empresa para intervenir en esas operaciones y nació SERPETROL.




Para obtener la autorización de la dirección general de Aduanas era preciso que la empresa tuviera como objetivo primordial la tramitación de mercancías en aduanas y rellenar montones de documentos, pero conseguí, finalmente, el permiso. Empecé con un cliente, Foraid, una empresa francesa sita en Pau, haciendo las importaciones Serpetrol y facturando directamente a las operadoras españolas los materiales y servicios que prestaba mi cliente. El sistema funcionó a la perfección puesto que la operadora  evitaba la gestión de importación y podía pagar en pesetas a Serpetrol. Otras petroleras se apuntaron a los servicios de SP posteriormente. Lo curioso es que, en las estadísticas oficiales, SP aparecía como una importante empresa debido a las importaciones que realizaba por encargo de terceros.
Creo que fue una de las mejores ideas que tuve durante mi experiencia en el mercado.

En junio de 1985 recibí el pago de 150.000 dólares que debían los marroquíes por los servicios que OTI facturaba a través de ETESA. Eso me permitió abonar a los americanos el saldo de la cuenta que tenía con éllos. Durante varios meses había tenido que financiarles las operaciones con mi dinero, incluyendo los salarios de su personal en España, lo que me tenía bastante mosca. Afortunadamente, el pago llegó en el mejor momento, cuando el dólar estaba a 177 pesetas y como mi cuenta con OTI era en moneda local, logré un jugoso beneficio en cambio, además de cancelar definitivamente las cuentas con el cliente.
El cobro a los moros no fue tarea sencilla y tuve que hacer un desagradable viaje a Rabat, donde estaban las oficinas del cliente de OTI y entrevistarme con varios funcionarios con aspecto poco tranquilizante. No obtuve resultado alguno, por lo que encargué a mi antiguo compañero de Amoniaco y Standard, González Palomino, que repitiera la gestión, cosa para lo que pensé era la persona adecuada por su conocimiento del francés y el árabe.

En las Navidades de 1985, Alberto, futuro consorte de mi hija Elvira, le regaló una gatita siamesa a Maite. El animalito decidió que yo era su amo y nos adoptamos mutuamente, iniciando una relación de cariño que jamás he sentido por otro animal . La "Lucy", como la bautizó Maite, me seguía por todas partes y no perdía oportunidad de subir a mi cama cuando la situación era propicia. Habíamos tenido muchos gatos en Monteclaro, hasta una docena, pero a ninguno le di las confianzas que permitía a la "Lucy". Le abrí una gatera en la puerta de servicio para que pudiera entrar y salir a su libre albedrío.

La Lucy
Cuando Lucy creció y empezó a salir de juerga por las noches, resolví pedir prestado un bonito macho siamés que exhibían en una pajarería de Pozuelo. El propietario me lo dejó con la condición de que le obsequiara con alguno de los descendientes de tan expectacular pareja.

El novio de Lucy
Saqué el coche del garaje y situe allí a la pareja, con provisiones suficientes para un par de días. Cuando fui a comprobar el avance de las cosas, me encontré a la Lucy subida en lo más alto de una estantería que había en el garaje. Conseguí bajarla de allí, no sin cierta dificultad y la coloqué en el lecho nupcial, largándome del lugar para no perturbar su intimidad. Repetí la jugada varias veces, encontrándome siempre a Lucy apartada lo más posible de su presunto novio. A la semana resolví devolver el gato a la pajarería y quejarme de su poca habilidad para la conquista. Por lo que parece, la pugnetera gata prefería solazarse con los gatos callejeros de Monteclaro, por lo que tuve que empezar a administrarle la píldora gatuna.
Me resultó muy penoso, pocos años después, tener que regalar la gata, cuando dejamos Monteclaro, a unos amigos de mi hija Elvira que tenían una finca en Miraflores

En octubre de 1986 empezaba a decrecer la actividad exploratoria de petróleo en España, con el correspondiente efecto negativo en los ingresos de ETESA y Serpetrol. Decidí alquilar la oficina de Pintor Rosales al amigo López Viguri, antiguo compañero de Standard Eléctrica, que también se había independizado. En enero de 1987 trasladé mi oficina a Monteclaro, desde donde atendía a mis ya mermados clientes. Por fortuna, apareció una empresa canadiense, la Crone Geophysical, que contrató mis servicos para sus actividades mineras en España. Todavía conservaba a uno de mis mejores clientes, Nedrill, compañía holandesa importantísima que continuaba trabajando para Shell España. Con estos dos clientes, más un par de intervenciones en Vitoria con la empresa de López Viguri,  pude capear el temporal y mantener unos ingresos decentes hasta 1989.

Para celebrar mis 60 primaveras, Maite y yo decidimos hacer un viaje a Venezuela para saludar a las familias. Tanto los hermanos de Maite como mis familiares nos abrumaron con sus atenciones. Mi hermana Elvira nos preparó un banquete  en su casa de Las Mercedes, en compañía de su marido, Álvaro, Maria Luisa, mi otra hermana y su marido Santiago, mis primas Amparo y Lolita con sus respectivos cónyuges y mi primo Quique con su esposa. Pasamos un rato muy agradable, reunidos por primera vez, tras tantos años. La fotografía que sigue refleja ese momento tan inolvidable:

Un grupo internacional: 9 españoles, 1 italiano, 1 alemán y 2  venezolanos

No se quedaron atrás Mariángeles y Luis, hermana y cuñado de Maite, preparándonos una reunión en su magnífico chalet de Caurimare  donde cenamos en compañía de sus hijas y amigos. Además se empeñaron en que nos alojáramos en su casa, lo que hicimos a los tres días de nuestra llegada a Caracas, durante los cuales nos habíamos apuntado a un Holliday Inn, cerca del hotel Tamanaco en Las Mercedes. Por cierto que el hotel tenía un servicio de "desayuno madrugador" a partir de las 4 de la madrugada que nos vino muy bien cuando sufríamos el clásico "jet lag" que producen los viajes intercontinentales.

Tampoco se quedaron cortos José Luis, hermano de Maite y Milagros su mujer, invitándonos a una excelente cena regada con champán francés. 

Pocos días después establecí contacto con Ramón Goitía, antiguo compañero de Shell. En 1976 se había producido el vencimiento de los 40 años concedidos a las petroleras para prospecciones en Venezuela y todas sus instalaciones habían pasado a PDVSA (Petróleos de Venezuala). Ramón organizó un almuerzo con Hector Darío Cárdenas, José de Luca y Victor Julio García, antiguos compañeros de Shell.  Pasamos un rato estupendo recordando los buenos tiempos. Es curioso que ninguno de los amigos que estuvieron comiendo conmigo en mi anterior viaje en 1975, estuviera presente. Goitía no pudo localizarlos, pues ya no trabajaban en Shell y se habían desperdigado por las diferentes compañías que se formaron  tras la nacionalización del petróleo en Venezuela. De Luca ni siquiera estaba en el ramo, pues se había convertido en empresario de la plaza de toros del Nuevo Circo.

Haciendo honor a mi afición por el club Puerto Azul, nos despedimos de Venezuela pasando unos días en ese maravilloso lugar.